Recuerdo que durante estuve en la escuela y parte de colegio nunca consideré a nadie mi amigo o amiga. No porque fuera totalmente antipática, si no porque yo pensaba que las personas que estaban a mi lado debían estar ahí porque así son las cosas y ya.
Algo similar me pasó con el amor, escuchaba que hablaban de el, pero realmente nunca supe con exactitud que era. Pero, esto es cosa aparte.
Referente a la amistad, un día, una de mis maestras en el colegio me hablaba sobre su hijo que era médico y murió de dengue cuando la época del huracán Mitch que contrajo cuando inyectaba a varias personas en lugares remotos del país. Y, me contó como uno de sus colegas gastó cantidades exorbitantes de dinero para comprar las medicinas más caras, hacer que los mejores médicos vinieran y lo trataran a el, todo para salvarlo. Lastimosamente por más que quisieron, al final, el joven murió. Pero mi maestra estaba sumamente agradecida por todo lo que el amigo de su hijo había hecho por el. Y como a su vez, ella ahora tenía otro hijo.
Creo que fue ese día en el que me pregunté ¿Qué es la amistad?
No podía ir y preguntarle eso a mi mamá porque seguramente me iba a ver extrañada, porque a esa edad, yo, preguntando algo tan “sencillo”, es algo tonto.
Entonces fui y busqué en cuentos (que era donde más había oído sobre la amistad y esas cosas), y me hice una definición personal sobre lo que era la amistad: Alguien que está para ti en las buenas, en las malas y que podría no verte en mucho tiempo pero que siempre te tiene aprecio cuando vuelve a verte.
Luego pensé en todas las personas que había tenido más cerca de mi a lo largo de esos año y terminé con una lista corta, muy corta: Danessa, Dominga, Ariel, Andrea, Michael y Waldina. No pude, o talvez no quise agregar más personas a lista, no recuerdo con exactitud porqué, pero sí recuerdo que esa era mi lista de amigos.
Eventualmente cambié de colegio, cosas pasaron dentro de mi familia y después de largas conversaciones con varias personas mayores, decidí cambiar. Entre a la universidad. Y empecé a hablar con más personas, hacía cosas para los demás, porque yo me sentía bien. Y la verdad nunca tuve inconveniente alguno en ayudar a alguien en apuros y que yo pudiera ayudar a aliviar sus problemas. Entonces, mi lista de amigos cambió. Hace pocos días, le dije a alguien que tenía pocos amigos, creo que solo mencioné a 3 de las personas que son más cercanas a mí.
Ahora que lo pienso, que egoísta soy. Porque la verdad, hay personas que no son tan allegadas a mi, pero que sin son mis amigos, aunque no todo el tiempo estén conmigo, pero casi siempre que hablo con ellos, si estoy mal no dudan en hacer algo para mí, por mí, e intentan cambiar mi humor. Me repiten en cada oportunidad que pueden lo mucho que me aprecian, que me quieren, si un día cualquiera llegó donde están y pido un abrazo, no recibo uno, recibo varios sumado a un “te quiero, no estés triste” y yo por otro lado, no los tomo en cuenta. En parte más que nada por esa falta de seguridad que siempre ha existido en mí y que hace que me cueste creer cuando alguien me dice que me quiere, que soy linda, especial etc. Pero momentos como el de ayer, me hacen recordar porque es que debo llamar amigos a estas personas.
Son los mejores, así de simple, no creo que pueda encontrar personas que me den tanto cariño como ellos, aunque a veces me alejo, cada vez que regreso y los necesito ahí están para mí, no solo Ariel o Carmen. Todavía la lista es pequeña para la cantidad de personas que he conocido en los últimos años, pero no importa. Tengo amigos. De verdad.
Y me quieren y yo, los quiero muchísimo más de lo que ellos piensan.